Un enamorado en cada punta del globo, o del país. No es nuevo. Las guerras y el hambre ya lo hicieron con muchos de nuestros abuelos. Ellos se escribían cartas que tardaban meses en llegar y meses en volver. Ellos esperaban.
Hoy la historia se repite en otro formato. Porque la falta de trabajo los empujó a emigrar, porque se conocieron en un juego en la Red, porque se enamoraron en las vacaciones.
La inmediatez del e-mail, la tranquilidad de poder escuchar esa voz al otro lado del teléfono facilitan un poco las cosas. Pero los cuerpos no pueden tocarse. Ni olerse. Igual que en tiempos pasados, amar a distancia parece ser, ante todo, un acto de fe.
lunes, 11 de enero de 2010
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